POR QUÉ LOS ADOLESCENTES NO VAN A MISA









Por: Alfonso Llano Escobar, S.J


No pidamos un milagro. La ‘pelea’ es de toche con guayaba madura. Frente a una rumba o a una clase bien interesante de ciencias, no hay misa que valga, que compita ni que atraiga. La tiene perdida. Lo raro es que no caigan en cuenta los padres de familia y los párrocos, y si caen en la cuenta, por qué no ponen los medios para resolver el problema. Tratemos de analizar los hechos y las causas con cierta objetividad. Daremos, luego, algunas líneas de solución.

Los hechos: la adolescencia es, hoy por hoy, la edad más difícil de la vida. La adolescencia consiste en la transición de la niñez a la edad madura, la etapa en que hace su aparición la posibilidad de gozar a sus anchas de las muchas cosas agradables que les ofrece hoy día la sociedad a los adolescentes: rumba, trago, droga, sexo, música, entre otros. Es la etapa en que los jovencitos, ellos y ellas, empiezan a pedir, cuando no a exigir libertades, en virtud de la que llaman su autonomía, que ya tratan de estrenar, con susto, desconcierto y diversas reacciones encontradas de sus padres. Es la edad en que el ser humano se encuentra más indefenso y en desigualdad de condiciones: pocos principios, pocos valores, poca voluntad, escaso conocimiento de la vida y de las funestas consecuencias de la rumba. Durante la rumba ellos buscan sentir experiencias cada vez más fuertes, que produzcan mayor placer, excitación y finalmente, lo que en su jerga llaman éxtasis. Recordemos algunos efectos de semejantes experiencias: soledad, vacío, cansancio, depresión, tristeza, desorientación, sinsentido, absurdo y finalmente, intentos de suicidio.

A todo esto se añade el que, con frecuencia, no existe hogar, sino un ‘ring’ de pelea, donde abundan, ‘in crescendo’ los insultos y discordias entre los padres. Los adolescentes encuentran poco diálogo en casa y poca orientación en el colegio, sin suficiente disciplina, sin valores, sin religión y quedan a merced de sus sensaciones absurdas y despóticos estados interiores.

Obvio que no describo la suerte de todos los adolescentes, pero que abundan los cuadros que acabamos de describir, y que los casos van en aumento, nadie que viva en ciudad los puede desconocer o negar. La realidad es para hacer temblar a los más fuertes, a las parejas más parejas, y a los padres de familia más ejemplares, que tocan madera, por si acaso. El tema ofrece mucha tela por cortar. Así sea algo utópico lo que diremos y que lleva mucho tiempo, paciencia y mucho amor el realizarlo, algo hay que decir. La peor reacción sería la indiferencia. Veamos pues:

Algunas líneas de solución: ante todo, que haya hogar. Sin hogar quedan pocas esperanzas de salir adelante. Los padres de familia tienen que tratar de salvar el tipo de matrimonio que llevan: primero o segundo, pero, por favor, padres y madres de familia: pónganle freno a ese ritmo de infidelidades que acaban con el amor, con el matrimonio y con la educación de los hijos. Se impone la estabilidad del matrimonio, es absolutamente necesaria la fidelidad si quieren salvar la de sus hijos. Una pareja en tensión y discordia se convierte en un continuo motivo de peleas, disgustos y disputas, es un continuo motivo de peleas, disgustos, disputas que suelen terminar en separación y divorcio.

Hogar significa calor humano, diálogo, confianza, sentido de la vida, orientación, sana diversión. En estos valores consiste la educación. Con respecto a la vida de hogar, les hago una sugerencia a los padres de familia: procuren no darles gusto en todo a los adolescentes, como permisos, dinero, ropa, comida sin límite. De aquí no puede seguirse sino el egoísmo, el vacío, la intolerancia al dolor y a la adversidad, la inconstancia para todo. Un poco de austeridad le viene bien a todo el mundo. Piénsenlo y entiéndanlo bien. Más tarde les pesará por aquello de “cría cuervos y te sacarán los ojos”.

En segundo lugar, escojan un buen colegio que eduque, y si es necesario, cambien el actual. Si carece de educación ética y religiosa, no duden en cambiarlo, si todavía es posible. Vale mil veces más un colegio con valores, principios, ética, disciplina y urbanidad, que un colegio sin ellos, así ofrezca excelencia en ciencia, tecnología, inglés y computador. Lo que decía recientemente Francisco Cajiao en su excelente columna en el Tiempo sobre educación: lo esencial de la educación consiste en verdad, belleza y valores. Ante todo, lo que cuenta, sea en el hogar, sea en el colegio, es formar al hombre, formar seres humanos, dándoles sentido, valores, disciplina y el espíritu de compartir.

En tercer lugar, la Iglesia debe aportar su necesaria contribución si quiere ayudar a los padres de familia en la educación de sus hijos, y facilitarles la asistencia a Misa. La Iglesia afronta retos decisivos en la renovación de sus estructuras y modelos de educación. Ante todo, debe procurar una predicación centrada en Jesucristo, un Jesucristo, Dios, por supuesto, pero primero que todo, hombre común y corriente como nosotros: humano, alegre, social, que desde allí nos revele su divinidad. Deben procurar los predicadores de la fe una renovación de la moral sexual a base de sinceridad, verdad y respeto de la conciencia de los adolescentes. No se trata de decirles un SI a todas las conductas sexuales, pero tampoco un NO, cerrado, absoluto e irracional. La moral, en especial la sexual, debe ser sensata, convincente, formadora y estructuradora de la personalidad. Se ha exagerado el pecado sexual. Se dan conductas mucho más graves, que convendría poner de relieve a los jóvenes. Por citar algunas: pecado sexual es toda conducta que haga daño a terceros, como el aborto, la violación, la bajeza, la grosería, y cosas por el estilo. Veamos otros ejemplos de conductas malas: no estudiar, perder el año o el semestre, emborracharse, ‘meter’ droga, no compartir nada con los demás, hacer sufrir a los papás, conducir automóvil después de habar ingerido licor, pasar un semáforo en rojo, no respetar las normas de tráfico, manejar a altas velocidades con el riesgo de herir o matar a algún peatón. Todas estas conductas son contrarias a la ética, y en términos cristianos, son verdaderos pecados, que hacen daño al prójimo, acarrean males a quienes las hacen, y ofenden a Dios, porque nos ama y no quiere que nos hagamos daño a nosotros o a los demás.

Creo que, por hoy, es suficiente lo dicho y da mucho para pensar y para conversar con los mismos adolescentes en charlas de sobremesa, para que abran los ojos y cooperen en su formación y educación.

Padres de familia: no olviden encomendarse al Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, para que él les ayude a acertar con la manera ideal de ayudar a sus adolescentes a hacerse mayores a carta cabal. Superada la adolescencia, con dificultades, pero logrando que las superen, entrarán a una etapa más responsable y feliz. Empiecen ya. Nunca es tarde.





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