CONVERSANDO CON DON EMILIO
Mi autobiografía en cuento.



En el siglo pasado que hace rato se nos fue, una humilde campesina y un recio leñador contrajeron matrimonio por obra y gracia de Dios.
Vivían en la vereda Piedracandela del municipio de Abejorral, donde eran muy felices, trabajando la tierrita para labrar su futuro.
Un día como fruto de su amor, la Virgen les dio un hijo para que no se sintieran muy solitos y tuvieran otros motivos para vivir con alegría.
¡Que entusiasmo!
Sentirse padre y madre de un nuevo ser, es la mayor dicha que todo ser humano puede disfrutar a lo largo de su vida.
En la Iglesia del pueblo, con agua bendita y las manos de un curita, lo bautizaron y le dieron por nombre Emilio.
La mamita lo alimentaba con la lechita que se formaba dentro de sus senos, mientras el papá, a brazo abierto luchaba en la campiña para obtener el dinero necesario y comprarle ropita y la droguita cuando se enfermara.
El niño fue creciendo rodeado de cuidados maternales, flores, y los animalitos de la naturaleza.
Como pobre nada le faltaba, y todo era un paraíso de ensueños y ternura, sin embargo la vida, a veces tiene sus encantos, o sus tormentas escondidas.
---Pero, cuál es esa historia rara que tienes para contar, hombre Emilio?
---Cosas de la vida, compadrito.
---Desembuche hombre y no trague entero.
---Le contaré una parte, no todo, es demasiado largo el cuento, y creo que a nadie quiera importarle mi historia.
---¡Hombre Emilio!..
Todos los cuentos y las la historias son valiosas, describen el bienestar o la tragedia humana, son los archivos, que guardan el sentido verdadero y la intrincada existencia del hombre viajero, en el tortuoso camino de la vida.
---Bueno, ya que insiste....vamos algrano
---Mis primeros cuatro años no los recuerdo, pero como a los cinco , si recuerdo muy bien ciertas cosas desconocidas para mi edad.
A las personas mayores les escuchaba hablar en su cultura mística, mezclada de religiosidad, mitología y leyendas, de espantos, castigos, Dioses y Demonios, temas que yo como niño no los entendía, pero me producían un pánico terrible.
-----Hombre Emilio, eso es común en casi todos los niños, sobre todo para aquellos que han nacido en los campos.
Los de la ciudad....
¡Esos tiene otros temores!

---Si amiguito, eso es cierto, pero lo raro es que empiezo a soñar y a tener miedos de las cosas que me rodean o fantasías escuchadas. ---
Le temo a los gallinazos, al búho, los murciélagos, las brujas, los duendes y al chupa sangre, y sin saberse por que...a los aviones.
Siempre me vigila el chucho o el Diablo en mis desobediencias e indisciplinas de niño.
---Que no vaya por ahí por que se lo come el chucho.
---Que no le contestes a tu mamá por se la va a llevar el diablo...
---Que si corres te va tragar la tierra.
¡Eso era una tortura!
En la época que acontecen los hechos, las personas que se guiaban por la religión católica tenían como consigna, que la crianza de los hijos, se basaba en la severidad y los castigos físicos o por los seres demoníacos que en la impunidad vigilaban nuestros actos.
Se aplicaban, por cualquier conducta que se saliera de la disciplina implantada por los padres o personas mayores. No existía una educación formal, desconocimiento total de los derechos humanos, y menos los derechos del niños.
---Hay más recuerdo de esta época?
---¡Si!. Desde luego, y muy carnudos.
Recibo los primeros castigos físicos, por errores cometidos involuntariamente.
Un día me encuentran enterrando una moneda de cobre, y esa fue la primera juetera que recuerdo, pues según las prédicas del curita del pueblo, hacerlo era un impedimento para entrar en el reino de los cielos.
Otro de los bien buenos fue el siguiente:
---¡Emilio!
¡ Llévale el huevo nidador de loza a las gallinas y me trae el que puso ayer ---- dijo mi madre pero apriétalo para que no se vaya a caer.
Yo acaté la orden, y el huevo de verdad lo apreté tanto, que se volvió trizas.
Otra tunda por atolondrado.
Alguna ocasión estaba una de mis hermanitas menores detrás de una cortina con la frente recostada a la tela, como yo en ese momento tenía un martillo en la mano...
¡Zuas!
Un guarapazo en todo el morrito de la frente.
Que pela más tremenda me zampó mi adorado padre, según él, eso sólo la hacían los niños malcriados y con instintos de asesino.
Pero la más bacana , me la gané por estar jugando con una niñita de mi edad, encaramados en un palo de higuerilla.
Con tan mala suerte que la nenita estaba a culito pelado, y cuando mi padre se dio cuenta ahí fue la de Troya.
---¡Impuro! ¡Sinvergüenza,!
---Me dice hecho una fiera.

---Cuantas veces te he dicho, que los hombres no deben jugar con las mujeres?
Y esa desvergonzada por qué está sin calzones...?
Otra ocasión la rifa me la gané cuando me encontraron echándole machete a un maizal de mi abuelito, yo me encontraba gozando de lo lindo en mi primera rocería campesina.
Bueno...fueron varios los castigos por las travesuras que, en mi inocencia disfrutaba con todo el placer de la vida.
---¡ja...ja...ja...ja!
---Era usted como travieso cuando niño...Hombre Emilito.
Cómo sería ya grande, echo todo un hombre?
---Nada compadrito, ¡Cosas de niño!
Le cuento , que a uno le daban rejo por cualquier insignificancia, pues esa era la pauta para levantar unos hijos derechitos, bien formados y dentro de la ley cristiana, catótolica, apostólica y romana.
Mi Diosito comprenda y perdone a mis padres por su ignorancia, sé que no lo hicieron por maldad y menos por violencia...Sólo en función de mi formación moral y religiosa.
Es de aclarar que Emilio ya tenía dos hermanitas menores, que por cierto la más grandecita siempre lo cascaba, pero son cosas que frecuentemente suceden en cualquier hogar que se respete...
Por esta misma época se abre el primer portillo en su dentadura superior, uno de sus dientes de leche, se queda clavado en una suculenta guayaba dulce y madurita.
Por las noches sufre pesadillas, sueña con gallinazos y miles de aviones de cartón volando, que luego caen sobre los árboles donde quedan colgando como tiernos juguetes de navidad.
Sueña con peñascos y muchas nubes por donde camina indeciso y sin apoyo, pierde el equilibrio y cae al vacío despertando bañado en sudor y tembloroso.
Este problema lo acompaña por mucho tiempo de su vida, aún ya viejo, a menudo sigue viendo caer aviones, pero esta vez, no como avioncitos de juguete cuando niño, sino reales con sus tragedias humanas.
Tiene sus primeras ilusiones. Ser un policía, y como paradoja, a pesar de tenerle miedo a los aviones, sueña con ser piloto cuando fuese grande.
Su tiempo transcurre en cuidar y darle de comer a las gallinas, al marranito y los terneros, jugar con su perrito Cosiaca, al que quiere hacerle una casita de paja, para dormir con él.
Como ya estaba en la edad de aprender a leer y escribir, los padres cambian de casa y buscan una vereda donde hubiese escuela.
Se residencian en la vereda el Tablazo, allí hay una escuelita llamada Piedras de fuego, y lo matriculan con la profesora Doña Marina Quiceno, una solterona cacheticolorada, más brava que una cobra, pero por dentro tenía el alma nadando en miel de sabiduría y ternura.
---¡Bueno hombre Emilio!
Entraste a estudiar...
Pero quien te llevaba a la escuela, si tus padres eran tan ocupados?
---¡Nadie compadre!
Yo solito a las seis de la mañana, salía con una mochilita de cabuya, una talega de trapo, de pantalones cortos, y a pie limpio, viajaba sin compañía un trayecto de tres kilómetros diarios para asistir a mis primeras clases.
En la jiquerita llevaba una arepa de maiz sancochado y una botella de agua de panela como desayuno, por que el almuerzo, a la una de la tarde volvía a hacerlo en la casa.
Este primer año, a la edad de seis años aprendí a leer y a escribir, pero fueron las pelas que me dio la señorita doña Marina...
¡Por tapao!
Una de ellas la más dolorosa, me la propinó cuando no supe decir, cuanto era 1 más tres, con un rejito llamado "Martín Moreno que quita lo malo y pone lo bueno".
Esos rejos secos y retorcidos, dejaron en mis piernas desnudas, unos moretones sangrantes y dolorosos.
Pero la letra con sangre entra, sentencia campesina, "craso error" de los ignorantes, pero se cumplió el proverbio premonitorio. El segundo año fue determinante en el rumbo de mi vida, y aquí comienza la evolución de un humilde campesino.
Aprendí otras cositas, no recuerdo que...
¡Asi, ya recuerdo!
La señorita Doña Marina, me enseñó a elaborar jíqueras de cabuya, repisas de madera, construir globos, hacer avioncitos de papel, pintar pajaritos, canastos con la raiz de la planta conocida como tripa de perro, creo que aprendí otras bobaditas.
Pero sabe qué, compadrito?
¡Leí mi primera novela!
Su título, " SANTO DIOS LAS TAMBOCHAS ".
A mi edad me impresionó tanto esta historia, que aún me parece ver esos pasajes terribles de esas hormigas, las tambochas, tan diminutas y pequeñas, como hacían en la manigua del Amazonas para matar y destrozar, desde una lombriz hasta un tigre.
En ese entonces no entendía, "que la unión hace la fuerza" y ese era el éxito de estas hormigas en sus cacerías.
---¡Vaya hombre Emilio!
Ya te estabas preparando para ser un Doctor en biología o cosas por el estilo...
---¡Que va!
Hasta aquí me trajo el río.
¡ A voliar azadón!
Mis estudios terminaban aquí.
Eso era suficiente para el hijo de un campesino pobre, además habían otros argumentos....
---Cómo cuáles...?
---Si avanzaba más en el estudio, me volvía comunista, y como tal, ya tenía un pie en la puerta de los infiernos.
¡Las leyes de una creencia religiosa y la sumisión a un ser desconocido, son inexorables!
Para Emilio esos dos años en la escuela, fue talvez la época más feliz de su existencia, fuera de sus hermanitas, conoció otros amiguitos para charlar y jugar, única etapa de su vida que tuvo juegos como niño.
Jugaba a los trompos, a la "rueda, rueda", "a que te cojo ratón, a que no gato ladrón", a las casitas de corozos, canicas y casitas de chochos, a conducir carros, que no era más que una varita de madera impulsando un aro de caucho.
De pantalón corto, estilo marinerito y a pie limpio, hizo su primera comunión, visitó todas las tiendas del pueblo pidiendo el recuerdito, del día más feliz de su vida.
---¡Mire compadre!
Hablando de chochos, que son unas fruticas de color, mitad rojo, mitad negro, de lo más bonitas, fue la calculadora con que aprendí a sumar y restar.
Pero se me olvidaba contarle lo siguiente:
El primer año no tuve cuadernos. Para escribir usaba una pizarra de piedra y como lápiz una tiza de arcilla blanca.
A los 7 años Emilio, con machete al cinto y el azadón al hombro, sale todos los días a rasgar las entrañas de la tierra al lado de su padre para levantar el sustento cotidiano.
En estos 8 años siguientes la vida de Emilio transcurre como la de cualquier niño campesino. Levantarse a las seis de la mañana santiguarse, rezar un padrenuestro, un Ave María, tomar unos tragos de agua de panela, y emprender las labores cotidianas de cada día, darle maiz a las gallinas, yuca y guasquilas al marrano, caña picada al cballo al caballo, traer los terneros para el ordeño, y cortar la leña para cocinar los alimentos.
Luego con un machetico al cinto, un costal, azadón, güinche o calabozo al hombro salía a llevarle el desayuno al papá.
Se quedaba acompañándo a su progenitor en las labores del momento, ya fuera empradizar los potreros, hacer la rocería, limpiar el arado para la siembra del maiz, recoger boñiga de caballo o vaca para abonar los cultivos a sembrar, ya fuera fríjol, arracacha, maiz o papa.
Siempre lo acompañaba su fiel perrito cosiaca, al cual le dejaba el sobrado de las comidas servidas en la copa de su impermeable sombrerito de pelo.
Emilio crecía en años, en el cuerpo, y el alma se le agrandaba a cada instante.
Una vecina de piececitos descalzos, sucios y rajados, fue su, primer amor platónico.
Todas las tardes encaramado sobre un árbol de yolombo, sentía reventar su alma de emoción cuando la escuchaba cantar o la veia en la distancia, una distancia de kilómetros, pero allí estaba ella, inocente como Emilio, pero llena de vida y esperanzas.
Fueron 8 años de aprendizaje en los quehaceres del campo, aprendió a manejar todas la herramientas necesarias para rasgar la tierra, sembrar semillas y recolectarlas.
Fue ducho en la cauchera, la honda, las trampas y la escopeta para cazar cuanto animal se atravesara en su camino.
A punta de hacha derribó bosques inocentes cargados de secretos ancestrales, para sembrar una cosecha y luego convertirlo en pasturas para el burro, la vaca, la oveja o el caballo.
Cumplía con los deberes religiosos que sus padres le inculcaron, y respetó a los demás seres humanos, según las normas establecidas por la moral y una conducta campesina.
Todo iba pasando lentamente, pero Emilio no se conformaba con este tipo de vida. En su alma inquieta se revolcaba un pasión desaforada, quería estudiar y ser algo más que un simple labrador sin porvenir.
A sus 16 años, podía pensar por su cuenta, ya era un adolescente escalando los últimos peldaños de la niñez.
Con trucos y artimañas nobles, logra convencer a sus padres que lo lleven a estudiar a la ciudad.
Un pariente que vive en la ciudad le regala hospedaje y alimentación, persona a quien le guardo la más grande gratitud.
Emilio casi un adulto continúa su primaria, la termina y sigue con la secundaria hasta el cuarto grado.
Por primera vez que en su vida usa pantalones largos, y sus pies callosos se calzan como los ricos de la ciudad.
El entusiasmo y la alegría no cabía en el alma de un niño grande, es un buen estudiante y gana todos los años, a pesar que casi siempre estudió con libros prestados.
Cuanto libro cruza por sus manos lo lee con avidez de ratón de biblioteca y es allí, en la biblioteca, donde descubre la verdadera universidad de la vida.
Pero todo no es dicha en el vaivén de este mundo. Se acaban los recursos económicos y Emilio emigra a la gran ciudad
en busca de trabajo.
El estudio, como una maldición de la suerte vuelve suspenderse, trabaja en todo cuanto se presente, trabajos rústicos, quizás más duros que el trabajo de la campiña, pero Emilio no se arredra ante ninguna eventualidad por difícil que fuera...
¡Pero un día!...De esos que sólo se da una vez en la vida, por haberle sido útil a un político de su pueblo, éste lo apadrina como enganche para un puesto como empleado del gobierno.
¡ Esas si son paradojas de la vida.!
Veinte años más tarde , trabajando con la misma empresa, Emilio logra terminar su bachillerato con altas calificaciones, muy tarde ya, pero lo logré... ¡ y eso... ya es un éxito en la vida.!
---¡Hombre Emilio!
Entonces no alcanzaste a ser Doctor?
---Y para qué diablos querría ser doctor...?
Hay muchos doctores que sólo son un cartón colgado en la pálida pared de una oficina, o una lúcida corbata del cuello hasta el ombligo, sobre un pecho vacío donde no hay cabida para el amor o el dolor humano.
---Esto quiere decir que te quedaste medio bruto.
---¡Ni lo crea compadrito.!
He leído desde niño muchos libros, revistas, periódicos y cuanto papelito pase por delante de mis ojos, y eso, quiera o no, deja una huella del saber en los humanos.
---¡Que historia más rara la tuya, unas veces buena, y otras tan llena de tragedias y sinsabores!
---¡Hombre Emilio!
Te veo acobardado y pensativo.
Qué te pasa amigo?
¡Tu voz se ha quebrado, y estás llorando!
¿No estás contento con tu vida?
---¡Si, compita!...Pero tengo un remordimiento por cosas que hice en mi niñez y juventud.
Siento una vergüenza con los niños que van a conocer este cuento.
---¿ como cuáles...?
---Imagínese que con la cauchera, la honda, la escopeta o simplemente con la mano, maté muchos pajaritos, ardillitas, gallinazos, tiré basura a las quebradas y como si fuera poco prendí fuego a los bosques milenarios.
Cuantas veces el gallinazo, aura, guala o buitre, que limpiaba de pestilencias la calle de los pueblos o el campo de mi tierra inmaculada, doblegó su regia cresta ante el fatal golpe de un pedrada.
Murió el jilguero cantor que en las ramas de un durazno, trinaba una melodía en la alborada mañanera.
Cayó herida la alegre guacharaca que todas las mañanas me despertaba con su alegre "Juán cagara..Yo comeré",... ¡ y tampoco para ella, hubo perdón de su vida.!
La tórtola inocente que en el patio de mi casa, buscaba una harina de trigo para sus hambrientos hijos, también de un caucherazo, su cabeza voló echa pedazos..
La ardilla alegre, de colita roja y enroscada, mientras sus dientes desnudaba un chócolo, un certero disparo, de mi escopeta fraticida, dejó su cuerpo colgado sobre la mórbida mazorca herida.
Y la tímida mirla de patas amarillas y pico de oro, llevando una lombriz para su nido, sintió sobre su pecho, el golpe fatal de mi cauchera...
¡Murió ella, y de hambre sus polluelos!.
Murieron mariposas, ranitas y lagartijas, muchos azulejos, turpiales, afrecheritos y por que no, la temida serpiente de vistosos colores, negros y rojos encendidos.
Las basuras y los animales muertos los lancé a la quebrada cristalina que rauda bajaba por entre el bosque esmeraldino , y virgen.
Prendí fuego a la montañas que guardaba nidos en las copas de los gigantes árboles, ranitas, lagartijas y delicadas mariposas entre el mullido musgo....
¡Por eso!
¡Por eso estoy triste compadrito!
---¡Pero si no lo hiciste por maldad o por sevicia!.
Fue el producto de tu ignorancia campesina, fue el instinto animal del hombre cazador, o el orgullo de mostrar un trofeo inmerecido.
Estoy seguro que Dios y la sociedad del mundo, entenderán y sabrán comprender tus travesuras de niño ignorante, inquieto y atrevido. ---¡Ojalá, compadrito!

¡Por eso! ...
¡Por eso!
Pido perdón de mis errores.
---¡Levanta la frente con donaire y valentía!
Trata de olvidar ya el pasado, y vive tu presente.
Dile a los niños y adultos que te leen, que por culpa de la ignorancia se pueden cometer graves errores en la vida, pero eso no es un óbice, para rehacer y enmendar las faltas como humano cometidas.
Que la tierra, el lugar que nos alberga, sólo es bella si cuidamos los campos, sus bosques, los animales y sus aguas cristalinas.
Que tengan aspiraciones como tu las tuviste, y que aunque no lleguen demasiado lejos, por lo menos se logre llegar triunfante a un propósito emprendido.
Que el libro es un amigo... el más sabio consejero.
Es el educador que nos lleva de la mano y sin apuros, por el largo camino de la vida hasta la muerte... Inexorable final de la existencia humana.

Por Carlos E. Alvarez V. editor de www.chispaisas.info


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