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LA MATERNIDAD NO TIENE PRECIO ......TIENE VALOR.


No hay duda de que ser padres es un compromiso de gran envergadura que, en el mejor de los casos, implica enormes responsabilidades y no menos contrariedades.

Los hijos están ahí para que los amemos y amarlos es una experiencia que nos exige mucho.

Los bebés se orinan y lloran con frecuencia; los pequeños nunca se están quietos y agarran todo; los niños hacen ruido, pelean y no obedecen; los adolescentes no estudian, hacen mala cara y nos mantienen desvelados; y los adultos jóvenes siguen exigiendo mucho y dando muy poco.

La inversión financiera que hacemos en su crianza es inmensa, pero la emocional es aún más cuantiosa.

Entonces, ¿cómo es que a alguien, en su sano juicio, se le ocurre tener hijos cuando el precio y el esfuerzo es tan alto?

Todo lo que exige grandes esfuerzos no tiene precio, tiene valor. Los afectos, los ideales, las ilusiones no se cotizan en la Bolsa.

Y los hijos y el amor tampoco, porque su valor va mucho más allá de lo mesurable. Es indudable que formar un hogar y tener hijos conlleva miles de obligaciones y cuesta mucho dinero, pero es la experiencia más enriquecedora de nuestra vida.

Criar a nuestros hijos es amar de una manera distinta, es soñar en grande, es sufrir, es reír, es abrigar nuevas esperanzas y forjarnos nuevas ilusiones.

Los hijos nos enseñan a volver a jugar, a ver, sentir, probar y saborear todo lo que damos por descontado en nuestro adusto mundo adulto.

Y son, a la vez, la razón más poderosa que tenemos para vivir, gozar, luchar, mejorar y nunca desfallecer.

Sin embargo, como nuestra misión como padres es, en última instancia, capacitar a los hijos para que emprendan su propio camino y no nos necesiten, ellos son motivo de dicha y de dolor, de paz y de incertidumbre, de sueños y de decepciones.

Pero con el paso de los años vemos cómo, al entregarnos a su crianza, superamos nuestro individualismo y aprendemos a vivir para aportar, para servir, para amar, para cumplir con el propósito de nuestra vida: dar lo mejor de que somos capaces.

Y, por eso, ser padres es nuestro legado, no al mundo, sino a la historia.


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